jueves, 11 de mayo de 2017

La alfombra mágica

1


Santiago se despertó en mitad de la noche, sudoroso y agitado. Le quedaban seis meses de vida, a lo sumo un año. Y aunque sabía que los médicos solían equivocarse, en el estado en el que el estaba, no podía ser por mucho. Daba vueltas en la cama y repasaba una y mil veces la lista de cosas para hacer antes de que la energía lo abandonase. Las ordenaba por prioridad y se lamentaba profundamente por cada minuto desperdiciado; pero no por los de ocio o actividades sin sentido, sino por aquellas que detestaba y había hecho pensando en un futuro que nunca llegaría para el. El solo hecho de pensar que la muerte vendría de forma precipitada, agónica y dolorosa lo llenaba de terror, pero un pensamiento acudió en su auxilio y recordó que su terapeuta le había comentado acerca de un psicólogo chamán que usaba plantas sagradas en pacientes terminales para 'ayudarlos a transitar mejor la experiencia'.


Era sábado por la noche, el living de su casa tenuemente iluminado por el reflejo oscilante de unas velas, olía a sándalo y vainilla de un sahumerio que Paula, su mejor amiga, apagó después de unos segundos. De fondo, se escuchaba una dulce melodía salida del sitar de Ravi Shankar. Paula llenó la pipa con agua y la cargó con unas hojitas secas. Con un chasquido prendió un encendedor catalítico. «El salvinorin gasifica por encima de los 500 ºC -les había explicado el chamán-, de otro modo se quemaría sin aprovecharlo». Le acercó la pipa a la boca e hizo arder la salvia.


Santiago aspiró y el humo pasó por el agua hasta perderse en su boca. Contuvo veinte segundos y exhaló un vapor blanco que se disipó como una bocanada de aire en un día invernal. Paula prendió de nuevo el encendedor, la punta azul de la llama reavivó la salvia. Santiago inhaló. Esta vez el humo lo hizo toser y le salió por la nariz. «Dale, una más -le dijo Paula y le acercó la pipa-, aguantala, maricón». Santiago aspiró profundo hasta hacer crepitar las brasas, cerró lentamente los ojos y su cuerpo se desplomó sobre unos almohadones en la alfombra. A los pocos segundos, algo perturbado y todavía sorprendido, podía ver desde el techo de la habitación cómo Paula abrigaba su cuerpo con una manta.


La mañana del domingo se presentó fría y de matiz otoñal. Santiago preparaba el desayuno mientras escuchaba algo de música en la radio. Las palabras de su terapeuta le vinieron a la cabeza, empezaba a entender lo de transitar mejor la experiencia. La noche anterior había viajado a través del tiempo en una alfombra mágica por lugares asombrosos. Alguien lo guiaba y le iba mostrando, desde una perspectiva superior, aquello que necesitaba ver para resolver sus conflictos internos. «Una instancia de él mismo en un nivel más elevado», le explicó más tarde su psicólogo. No obstante se preguntaba si no había sido todo producto de su imaginación. Podía ser, pero ¿cómo había podido verse a sí mismo y a Paula desde el techo de la habitación? Quizás había sido un recuerdo de alguna película proyectado en su mente, sin embargo había sido todo muy real y la sola idea de creer que había experimentado la existencia de la conciencia mas allá de los límites de su cuerpo físico lo llenaba de esperanza.


La radio se empezó a escuchar con interferencias y Santiago recordó su paso por la escuela técnica, cuando le explicaban cómo los campos electromagnéticos producidos por los motores eléctricos y otros fenómenos meteorológicos afectaban las señales de radio. Quedó con la mirada perdida unos instantes y una idea lo atravesó y lo dejó con la piel de gallina. Fue a buscar la caja de herramientas y un organizador de componentes electrónicos y después de un rato de trabajo tenía una versión modificada de la radio, de la que ahora salía una luz de led por la parte superior. La encendió pero ahora no emitía sonido, la acercó al motor de la heladera pero no pasó nada. Hizo unos ajustes, y al acercarla de nuevo, esta vez el led se encendió. Una oleada de felicidad lo inundó y le dibujó una sonrisa como de quien descubre un gran secreto. Esperó unos minutos a que se apagara el motor de la heladera, e instantaneamente  se apagó también el led de la radio, era la confirmación que necesitaba.


Santiago agarró el celular y le escribió a Paula. Le pidió si podía venir a su casa para repetir la experiencia con la salvia y probar algo. Paula lo acusó de drogón y le contó que estaba deprimida, que al otro día tenía que ir a la oficina y no quería trabajar más; que estaba podrida de hacer siempre lo mismo. Santiago intentó animarla y le dijo que todos los domingos se sentía igual, que después arrancaba la semana y se le pasaba. Y le insistió para que fuese, que lo de él iban a ser unos minutos y después podían cenar mientras pensaban en algo para no trabajar más, que por lo pronto lo único que se le ocurría era empezar a jugar a la lotería y la necesitaba para elegir los números. Paula se imaginó millonaria viajando por el mundo y eso le cambió un poco el estado de ánimo, lo suficiente para aceptar la invitación.


2


El setting del living era el mismo que la vez anterior: velas, unas trazas de sahumerio y el sitar de Ravi Shankar. Santiago prendió la radio con el led, la dejó sobre la mesa y se sentó sobre la alfombra. Paula le acercó la pipa y, después de 3 pitadas profundas, cerró los ojos y se recostó. Santiago le había pedido que vigilara si se prendía el led, que iba a intentar encenderlo causando una interferencia. Paula se puso a leer. Como la habitación estaba en penumbras, si algo se iluminaba (cosa que no iba a pasar), ella igual lo iba a ver.


Estaba leyendo La zona muerta de Stephen King, en donde Johnny Smith había despertado de un coma después de 5 años con el don de la clarividencia. Había tocado el brazo de una enfermera y tenido una visión en la que se le incendiaba la casa. Mientras Paula leía, hubo un destello en la habitación, miró el led pero estaba apagado, las llamas de las velas ondulaban con intensidad, cerró la puerta de la cocina y siguió leyendo. En el libro la enfermera había llamado a su vecino para que se fije si su casa estaba en orden, el vecino se asomó y le dijo que unas llamas salían por la ventana de la cocina. Paula vio un resplandor por el rabillo del ojo, alzó la vista, y el led parpadeaba tenue e intermitente en medio de la penumbra.


Santiago flotaba en la alfombra mágica. Paula bajaba de un BMW, usaba lentes de sol, unos jeans rotos, y cargaba un bolso de cuero negro. Caminó por un sendero pedregoso, arbolado a un lado y tapizado de un verde pulcramente cuidado al otro. Se detuvo y se sentó en el pasto, «pensé en traerte flores, pero se que no te gusta». Buscó algo en el bolso y sacó una foto de ellos dos sonriendo en plaza Francia, «mirá, ¿te acordás?», y la acomodó entre el mármol y la placa de bronce en que se leía: ‘Santiago Gomez Argüello - 1976 - 2014‘. El led se apagó.


3


Para la llegada de la primavera, Santiago estaba internado en terapia intensiva. Su extrema delgadez y la piel traslúcida le acentuaban las venas azules de la cabeza y de las manos. Su respiración era pesada y sonora; y su mirada, etérea. Paula dio media vuelta para agarrar un juguito de la bandeja del almuerzo y con los ojos cerrados respiró hondo disimuladamente, «Tenés que ser fuerte» se dijo. Le acercó la bombilla a la boca, Santiago tomó un sorbo y se aclaró la garganta:


-¿Y, amiguita, cómo andás? -le preguntó casi en susurros.
-Mejor que vos seguro -le dijo ella sonriendo-, aunque mañana es lunes y me quiero matar, ¿te dije que no quiero trabajar más? -y los dos se rieron tratando de evitar el momento.
-¿Pero jugaste a la lotería, tonta?.
-No, si al final nunca elegimos los números, pero lo voy a hacer te lo prometo, ¿que números te gustan?
-Mmm, no sé, dejámelo pensar, después te digo, ¿si?
-Dale, pero no te olvides, sino voy a tener que trabajar toda la vida. ¿Y ese aparato? - le preguntó Paula refiriéndose a una tabla de madera que tenía atornillada muchas cajitas con números y letras.
-Es una ouija electrónica. ¿Te acordás de la radio con el led?
-Si claro, como olvidarme, casi me infarto, aunque después me quedó la duda si no fue una joda tuya. Fue una joda ¿no?
-No, para nada -le dijo él sonriendo. Pero Paula nunca sabía cuando hablaba en serio. -Bueno, ese aparato es lo mismo. Tiene un circuito como la radio por cada letra y número, pero más sensible. Y el display que tiene adelante los muestra en orden cuando apretás el botón.
-Paula no pudo aguantar las risas -¿y pensás fumar salvia acá?.
-No, algo mucho mejor -le dijo él entrecerrando los ojos con aire misterioso-, digamos que es para mi último viaje, ¿entendés?
-Si claro, como no. Para tu última broma querrás decir. Tratá de embaucar a una enfermera esta vez ¿si? - y los dos se volvieron a reir.  


4


En la habitación del hospital, la cama de Santiago estaba vacía. Apenas unos pocos días atrás lo había visto tan bien que tuvo la esperanza de que se iba a recuperar. «Es el canto del cisne -le dijo una enfermera-, lo llaman así por el canto que hacen los cisnes justo antes de morir. Es ese momento en que la enfermedad se retira y deja que la persona pueda despedirse de sus seres queridos». Santiago no paró de hablar, de hacer chistes y de reírse, era su forma de decir adiós, la manera en que quería ser recordado, pensó.


Paula se puso a juntar sus cosas en una caja. No eran muchas, pero alguien tenía que pasar a buscarlas, Santiago era hijo único y sus padres ya habían fallecido. En una mesita había un portaretratos con la foto de ellos dos sonriendo en plaza Francia. La sostuvo contra su pecho y le dio un beso antes de guardarla en la caja. La angustia la embargó hasta las lágrimas. Agarró algo de ropa, levantó una campera, y debajo estaba la ouija. Estaba apagada, tenía un botón rojo al lado del display con una leyenda escrita en marcador que decía ‘Push the button’. Paula pulsó el botón, el display se encendió y una serie de caracteres ilegibles fue alternando por varios segundos hasta detenerse uno a uno en una secuencia de números y letras. l048172t632o. Esto le devolvió una sonrisa melancólica, Santiago y sus inventos, pensó y guardó la ouija en la caja.


Ordenando la ropa de Santiago en su casa para darla a donación empezó a evaluar la posibilidad de que se estuviese perdiendo el último mensaje de su amigo. Tantas horas de libros de misterio, crucigramas y sudokus de algo le tenían que servir. Se preparó un té,  agarró lápiz y papel y se puso a descifrar la secuencia. Le asignó letras a los números pero no tenían sentido. Pensó que podía ser un número de teléfono: 048 era la característica de Polonia, pero faltaban números. Googleó la secuencia entera y no apareció nada. Quizo probar con coordenadas geográficas, abrió Google Maps, suspiró y pensó lo bien que le vendrían unas vacaciones en la playa. En ese momento, un frío le recorrió la espalda erizándole hasta el último vello de su cuerpo. «Hijo de puta, no puede ser». Garabateó algo en el papel y se puso a reir, «no puede ser» se repetía mientras se tapaba la boca con una mano y miraba el papel «no puede ser».
Ni bien logró serenarse salió a la calle apurada, entró en un negocio y le dio al señor que atendía un papelito en donde se leía: “0, 4, 8, 17, 26, 32. Loto” .


5


Después de acomodar la foto del portarretratos en la lápida de Santiago, Paula recordó esa tarde en plaza Francia. Estaban tirados en el pasto escuchando a un hombre de boina y bigotes que hacía covers de los beatles. Santiago le había contado que quería dejar todo y viajar, dedicarse a conocer el mundo, pero no de turista, quería quedarse en cada lugar el tiempo necesario para conocerlo, sin apuro, sin fechas, fundirse en el tiempo; trabajar y juntar plata para el próximo destino. En eso un chico se acercó y les ofreció un librito de poemas escrito por él, se lo compraron y le pidieron que les sacase una foto. «Sonrían -les dijo-, como si no hubiese un mañana».

Paula caminó hasta el auto y dejó el bolso en el asiento de atrás. Encendió el motor y marcó el aeropuerto en el GPS. Prendió la radio y después de una breve interferencia, el dial se ajustó: sonaba el sitar de Ravi Shankar.

Onaikul

martes, 28 de febrero de 2017

El Paseo


(Tema recomendado para esta lectura) - 1 -

El paso del tiempo y los años de terapia no habían impedido que el vacío que Fernando sentía en su pecho se expandiese como una galaxia en el universo de su ser.

Sentado en su banquito de madera en las penumbras del garaje de su casa, esparció un poco de limpia metales sobre una franela, lustró minuciosamente cada uno de los rayos y llantas de las ruedas y se quedó mirando una foto en blanco y negro pegada en un calendario sobre el 28 de febrero. Mostraba a una mujer sonriente, con un vestido floreado, de pelo negro, largo y lacio; sostenía un carrito de bebé.

Apoyó una esponja en la boca de un frasco de silicona, lo inclinó levemente y dejó que se embebiese casi por completo; con la precisión de un artista recorrió cada milímetro del canto de las cubiertas. Sobre la mesa de trabajo descansaba un enorme moisés de mimbre pintado de blanco que Fernando había mandado a hacer a medida. Lo tomó con las dos manos, lo acomodó en una base de caño cromada y lo fijó con correas de cuero. Entraba perfecto. Miró la hora, buscó un contacto en su celular y llamó.
—María, buenas noches, espero no haberla despertado pero quería confirmar lo de mañana; a las nueve, ¿si?
—Sí, señor Fernando, a las nueve estoy por ahí. ¿Usted está seguro que quiere que yo haga esto?, ¿a esta edad, le parece?
—Sí, María, por favor. Usted sabe lo importante que es esto para mí.
—Está bien, señor Fernando, como usted diga. A las nueve estoy por ahí, entonces.
—Gracias, María, que descanses, un beso.
Ese sábado Fernando se despertó con la salida del sol y ya no pudo dormir más. Se duchó, se afeitó, preparó una mamadera y la dejó sumergida por la mitad en un hervidor con agua caliente. Fue hasta el garage, le dio una última repasada al cochecito con la franela y volvió al comedor en donde se quedó sentado un largo rato mirando alternadamente la hora y la puerta. Finalmente vio la silueta de María a través del vidrio, se levantó y le abrió antes de que tocase el timbre.
—Venga, María, pase, ¿cómo está? —María hizo un gesto de asentimiento cerrando los ojos y apretando los labios.
—Acá está el baño, pase. Póngase esto —le dijo y le dio un vestido con estampado de flores y una peluca.
—La espero en el garage, cámbiese tranquila —agregó mientras señalaba la puerta al final del pasillo.
Fernando caminaba de un lado a otro hasta que María atravesó la puerta. Al verla se dio cuenta que el vestido le quedaba apretado y que ella se sentía incómoda. Le queda hermoso, le dijo; se acercó y le acomodó la peluca que le llegaba casi hasta la cintura.
—Acá está la mamadera para cuando llegue a la plaza, ¿sí?
—Sí, señor Fernando, como usted diga.
—Por favor, no se olvides de las canciones y de mecer el cochecito, ¿si? —María asintió.
—Y no se pare por la calle a conversar con los curiosos, ¿quiere?
—Sí, señor Fernando, como a usted le parezca.
—Y por último, présteme atención. Tenga mucho cuidado al cruzar la calle de la esquina de la iglesia ¿si?
—Claro, Señor Fernando, voy a tener cuidado. ¿Quiere que le cruce por la otra esquina mejor ?
—No, María, tiene que ser ésa.
—Sí, Señor Fernando, como usted diga.
Fernando la abrazó, le dio un beso y mirándola a los ojos le dijo: 'Gracias, María'. Se puso unos lentes de sol y con la ayuda del banco de madera se subió al cochecito, se tapó a la altura de la boca y con voz aniñada le dijo: 'Vamos a pasear’.

2

Pasó un rato buscando una posición que le resultase cómoda. Si bien había mandado a hacer el moisés a medida, su metro ochenta y cinco le impedían estar estirado. Una vez en posición, intentó adivinar por dónde iban y le pareció un juego encantador, aunque no pudiese descifrarlo. El traqueteo arrullador del carrito por la vereda, los sonidos de la calle y las siluetas de los árboles que recortaban el cielo intermitente lo transportaron a su más temprana infancia; se preguntó cómo sería haber ido en brazos de su mamá y se quedó pensando en cómo podría recrear esa experiencia. «Necesito una gigante de al menos cinco metros de altura».

El andar y el ruido de las ruedas sobre la grava le hicieron notar que ya estaban en la plaza. El carrito se detuvo debajo de un árbol y una mano se asomó con una mamadera. Fernando la agarró y se la llevó a la boca. El contacto con la goma y el tener que succionarla le pareció algo extraño, pero después de unos segundos empezó a disfrutarlo. El aire corría cálido, con aroma a pasto recién cortado.

María empezó a mecer el carrito y a cantar con voz baja y temblorosa, que se fue haciendo cada vez más dulce y melodiosa con los sucesivos compases. Un sueño plomizo lo sumergía a Fernando en el confort y la tibieza de su cuna. Miraba a los pájaros saltar de rama en rama, el canto de María de a poco se volvió celestial y un pájaro rosado con destellos anaranjados bajó de la rama de un árbol y se quedó batiendo sus alas con suavidad sobre el carrito. Fernando se sonrió, pero después de unos instantes su sonrisa se desvaneció y su mirada se volvió incrédula cuando el pájaro seguía flotando frente a sus ojos y comenzó a hablar:

—Hijito mío, ya pasó mucho tiempo desde el día del accidente y es hora de que dejes de culparte por mi muerte. Existe un orden mayor, mucho más allá de tu comprensión, por el cual las almas tienen que partir de forma precipitada, y a veces no podemos hacer nada para evitarlo. Tarde o temprano esta esquina volvería a reunirnos. Te extraño hijito...perdón —el pájaro descendió unos centímetros influenciado nuevamente por el peso de la gravedad y salió volando.

Fernando abrió los ojos y vio a María distraída, con el celular en la mano, mientras el carrito se deslizaba para atrás, hacia la calle.

—¡María! —alcanzó a gritar. Ella alzó la vista, se abalanzó sobre él y se escuchó el chirrido agudo de una frenada seguida de un bocinazo y las luces del frente de un colectivo.
Fernando despertó en la cama de un hospital. Tenía la vista algo nublada pero pudo distinguir la silueta de una mujer que se acercó, le dio un beso en la frente y lo dejó solo en la habitación. Se miró las manos de un lado y del otro y notó cierta iridiscencia en el borde de los dedos. Llegó el médico con una enfermera, le dijo algo al oído y ésta apagó los monitores y le saco el suero. Fernando preguntó cuando le iban a dar el alta pero ninguno de los dos le respondió. Odiaba a los médicos. Esperó a que salieran de la habitación, se vistió y se fue del hospital.

Cuando llegó a su casa la luz de la cocina estaba encendida. Un aroma a comida dulce, especiado y vaporoso le resultó familiar.
—María ¿sos vos?
Nadie respondió. Avanzó unos pasos y el olor se hizo mas intenso y definido. Un aluvión de recuerdos se precipitó sobre el. Se acercó hasta el umbral de la puerta y ahí estaba, revolviendo una olla con una cuchara de madera, con su vestido floreado, el pelo negro, largo y lacio, tal como él la recordaba; ella notó su presencia, se dio vuelta, lo miró con un sonrisa y con tono maternal le dijo: “hijito, te estaba esperando. ¿por qué te tardaste tanto? Perdón que no te desperté a tiempo, a veces no podemos  hacer nada para evitarlo. Te preparé tu comida preferida, sentate, ahora ya nada va a volver a separarnos”.
Onaikul

miércoles, 6 de enero de 2016

Lucy in the sky with brownies

Iba a ser raro que Nati no estuviese, ojalá nadie le preguntase por ella, pensaba Santiago mientras preparaba brownies locos para su cumpleaños. Dejó la bandeja en el horno y fue a darse una ducha. Abrió el agua caliente y esperó hasta que el baño se llenase de vapor. Sabía que era poco ecológico, pero no le importó. Al entrar en la bañera sintió el agua tibia en los tobillos, metió los dedos en la rejilla del desagüe y sacó un largo mechón de pelos; se lavó minuciosamente con jabón exfoliante, y se quedó unos minutos debajo del agua caliente.


Mientras se secaba, un mensaje fantasmagórico escrito en la condensación del espejo hizo que se le aflojaran las piernas. Quiso creer que le había bajado la presión, pero no. 'Santi te amo'. Era lo único que le quedaba de su ahora ex en la casa, y se preguntó cuánto tiempo más podría durar hasta desvanecerse.  


Santiago todavía se acostaba del lado derecho de la cama y se quedaba despierto pensando en que cosas hubiese podido decir o hacer, en que momento exacto había empezado a perderla, como si esto pudiera cambiar algo. Todas las noches una hora antes de irse a dormir, tomaba una pastilla de melatonina, 30 gotas de valeriana y un té 'Dulces sueños'. Así y todo dormía entrecortado y liviano la mayor parte de la noche. La angustia lo invadía al primer instante de conciencia y ya no podía volver a conciliar el sueño.


El mensaje en el espejo había logrado perturbarlo, los recuerdos brotaban como burbujas, y no iba a ser fácil disiparlos. Esa noche repitió la fórmula del sueño pero por duplicado: dos pastillas, 60 gotas, dos saquitos y, para asegurar, 2 pitadas de unas florcitas índicas que le habían regalado. Prendió el televisor y después de dar una vuelta por todos los canales volvió a los Simpsons, lo estaban dando en HD y los colores le parecieron más brillantes que nunca.


Un rato más tarde sintió los ojos pesados y arenosos. Que suerte, pensó, en ese momento poder dormir le parecía un enorme privilegio. Apagó el televisor, dio unas vueltas en la cama y, por primera vez, entendió el tema de Coldplay que decía ‘when you feel so tired but you can't sleep’. Abrazó una almohada y se quedó tarareándolo hasta quedarse dormido.


Bgrrr Bgrrr. Hija de puta, dijo Santiago entredormido. Después de unas semanas de ausencia, la paloma había vuelto y estaba arrullando en la cornisa de su ventana otra vez. Había probado espantarla con muñequitos de Star Wars, globos de colores, molinetes de viento, y hasta un globo amarillo con ojos de halcón que había comprado en una casa especializada en plagas; pero nada funcionaba, siempre volvía.


Decidió hablarle mentalmente. Le explicó acerca de las bondades de irse de forma pacífica, pero Lucy no captó sus pensamientos. Le había puesto el sobrenombre de su tía. Compartían la misma silueta en forma de pera y el mismo andar; por cada paso que daba, Lucy balanceaba la cabeza hacia delante y hacia atrás como si tuviese una ruedita y alambres internos que sincronizaba con los pies.


Pensó en agarrar la pistola de gas comprimido que tenía en el cajón de las medias, pero le pareció algo extremo, aunque recordó las innumerables veces que tuvo que desarmar el nido en el motor del aire acondicionado, tirar los huevos y limpiar el balcón. Sabía que con levantar la persiana y ahuyentarla se iría, pero también sabía que solo le daría unos minutos de ventaja. Así y todo hizo el intento. Odiaba tener razón para las cosas malas. Lucy volvió arrullando más fuerte y sin descanso, pero a Santiago no le importó, esta vez tenía algo que no podía fallar.


Salió al balcón del tercer piso con su silla de camping, el ipod, el mate y una porción de brownies locos. Todavía era de noche, aunque el canillita ya había abierto el puesto de diarios y el portero manguereaba la vereda mientras escuchaba la radio por un auricular. Tiró algunas migas por la cornisa y se sentó a esperar. A los pocos minutos llegó Lucy. Miraba las migas de brownie ladeando su cabeza hacia un lado y hacia el otro, hasta que finalmente se animó a picotear. Una sonrisa oscura y maliciosa se dibujó en la cara de Santiago. Llegaron más palomas desde el cable de luz, Santiago esparció más brownie por la cornisa y tiró el resto a la calle.


Al rato, el día comenzó a aclarar y pudo ver cómo una paloma que planeaba hacia el cable de luz falló al intentar hacer su aterrizaje, pegó unos cuantos aletazos y retomó el vuelo. De a poco todas fueron teniendo un vuelo errático e impredecible, hasta que se escuchó el golpe de una que no llegó a despegar cuando venía un auto. En la vereda de enfrente, una señora gritaba y corría con una bolsa de pan en un brazo, y ahuyentaba a las palomas que la atacaban con el otro.


Los vecinos se refugiaban en el interior de comercios y edificios mientras miraban asombrados cómo las palomas impactaban los vidrios, dejaban la estampa de sus cabezas y sus alas desplegadas en pleno vuelo, mientras que otras estallaban los parabrisas de autos y colectivos. El tránsito se detuvo, y comenzaron los bocinazos.


Santiago se sentó en la silla. Se puso los auriculares, cebó un mate y se quedó contemplativo unos minutos disfrutando de su venganza mientras escuchaba los Beatles. Con suerte ya no volvería a ver más a Lucy. De a poco la calle volvió a la normalidad y el sueño lo invadió, miró la hora, todavía tenía tiempo de dormir un rato más.


Se desvistió y se metió en la cama. El recuerdo del mensaje escrito en el espejo volvió a atormentarlo. ¿Y si era un señal?, ¿y si Nati estaba esperando que él la fuese a buscar?, quizá todavía estuviese a tiempo de decirle todo lo que sentía por ella, lo mucho que disfrutaba de cosas ínfimas como mirar una serie juntos y de cuánto valoraba todo lo que había hecho por él. Se dijo a sí mismo que a la tarde le iba a mandar un mensaje para tomar un café, al menos quería intentarlo.


Escuchó ruidos que venían de la cocina, podía ser ella, todavía tenía las llaves. Pero era demasiado bullicioso para ser una persona. Se levantó y agarró la pistola de gas comprimido del cajón. Cuando se fue acercando pudo distinguir mejor el sonido. Entró en la cocina. Estaban por todos lados. En la mesada comiendo más brownie, dentro de la panera, arriba de la mesa. Se picoteaban entre ellas y aleteaban, comiendo y cagando como si fuese una plaza. Santiago no pudo más, cerró la puerta para que no se escapen y empezó a disparar. Las plumas saltaban por el aire, la sangre salpicaba los azulejos, menos mal que hoy viene la mujer que limpia. Las palomas fueron cayendo hasta que solo quedó una. Esa mancha en el pecho era inconfundible. Le apuntó justo ahí. Contuvo la respiración, las miradas se cruzaron y empezó a ejercer presión sobre el gatillo. Lucy lo miró de reojo, pestañeó y moviendo el pico empezó a emitir un sonido cada vez más fuerte: BIP, BIP, BIP, BIP.

Santiago se despertó sobresaltado y apagó el despertador, suspiró aliviado. Fue a la cocina, pero no había más que una pila de platos sucios y la ventana abierta golpeándose contra el marco. Se vistió, desayunó y apenas salió a la calle pudo ver el tendal de palomas por todos lados. Sus vecinas barrían y charlaban acerca de lo que había pasado. En un acto reflejo alzó la vista hacia su departamento. Lucy aterrizaba en su balcón con un ramita en el pico y la acomodaba en el motor de su aire acondicionado. Santiago sacudió la cabeza y sonrió. Al menos ella no lo iba a abandonar.

Onaikul

martes, 17 de diciembre de 2013

Divino encuentro.

Los hechos y personajes de este relato pertenecen al mundo de la ficción, cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Los sábados a la mañana hay un ritual tan sencillo como efectivo para arrancar sereno el fin de semana que me gusta cumplir a rajatablas. Simplemente me preparo un mate, agarro un libro, pongo música de relajación y me siento en mi sillón a leer; es mi momento, ahí me encuentro con las grandes mentes y escucho lo que tienen para contar, descubro como piensan, como analizan, y los siento mis amigos lo que dura la lectura del libro.

En medio de mi ritual suena el timbre, odio que me interrumpan, corta toda la magia. Lo dejo esperando al Dalai Lama en mi sillón rojo, me acerco al portero y pregunto quien es, una voz desganada y lejana me dice que el correo. Bajo firmo la planillita y me dan un paquetito lleno de sellos y estampillas, miro la procedencia y leo Netherlands, Amsterdam, no lo puedo creer ya lo daba por perdido, la magia de la globalización.

Agarro el celular y le escribo a Ivo, - Ivo llegaron las trufas, estas para esta noche en casa ? - Si, estoy, a que hora? -, - a las 21:00 te parece bien ? -, - Genial nos vemos a la noche - . Le escribo a Gus, – Gus llegaron las trufas, estás para hoy a la noche ? -, dejo pasar unos minutos y nada, me impaciento y lo llamo, – Boludo llegaron las trufas, nos juntamos a la noche? -, - Si baby, ya te dije que si – me responde, y aunque no logro entender a que se refiere prefiero coordinar los detalles para el encuentro de la noche.

Como era de imaginar Ivo llega puntual, sonriente con una caja de zapatos bajo el brazo y Gus como de costumbre unos cuarenta minutos tarde. Separamos las trufas en 3 partes iguales y comenzamos a comerlas, pocas veces comí algo tan desagradable, una avellana rancia humedecida en vinagre de alcohol con moho sería una leve aproximación. Ivo las come como caramelos, Gus y yo a las arcadas, pero cada uno se termina su porción, ahora a esperar.

Cuarenta minutos mas tardes los efectos comienzan a hacerse presente, la habitación empieza a hacerse mas larga, los colores de los sillones y los cuadros mas estridentes, la música simplemente nos inunda, nos hace parte, cada nota, cada instrumento nos envuelve en un torbellino en el que se confunden los sentidos, con solo cerrar los ojos se puede ver la forma, el color de la música y sus transiciones, imágenes caricaturescas aparecen alocadamente, formas geométricas y coloridas, los patrones del piso de madera y los azulejos del baño están llenos de vida, imposible no estallar en risas. Desde el balcón, las luces de la avenida parecen fundirse en un rio de lava en medio de un cañadón de edificios rodeado de árboles danzantes que se pierden en el horizonte. Ivo  abre su caja de zapatos y saca toda clase de artilugios; caleidoscopios, perfumes, cremas, café, aceites; y nos conduce como un chaman a experimentar la magia de los sentidos, pasado presente y futuro se funden en un instante y cual caballero de la armadura oxidada, una a una nuestras corazas comienzan a desvanecerse, adiós ego, solo queda el ser en contacto con la conciencia, nos ponemos filosóficos, sentimos el regalo de estar vivos.

Ya entrada la madrugada, preparamos un mate y fuimos a la terraza, la oscuridad fue dando paso a los primeros rayos de sol, la quietud era absoluta, la ciudad dormía. Para ese entonces pasaba por un momento difícil en mi vida en el que luego de la pérdida de mi mamá, mi papá agonizaba, me encontraba en un momento delicado en mi relación de pareja y me sentía estancado en mi trabajo. Me sentía abatido, solo y abandonado. Sin entender muy bien por que, en medio de tanta quietud, sentí la necesidad de gritar, de desahogarme, de enviar un mensaje al cosmos, y junte todo el aire que fui capaz de meter en mis pulmones, abrí los brazos al cielo, y con toda la fuerza que pude, grite a los cuatros vientos:

-       DIOS ESTAS AHÍ ?

Todavía con los brazos extendidos, sentí una vibración en mi bolsillo, era mi celular, quien podría ser tan inoportuno me preguntaba, tomé el teléfono, lo miré y las lágrimas comenzaron a brotar y rodar por mis mejillas, una oleada de paz como nunca antes había sentido me recorrió el cuerpo y sentí que me desplomaba. Gus se acercó y me preguntó – Amigo estás bien?-, - Si - le conteste – y le mostré la pantalla del celular.

-       Si, estoy ! – decía el mensaje enviado por el esa misma mañana en respuesta a mi invitación.

A los pocos días, luego de una charla, mi papá partió en paz, con el tiempo las cosas en el trabajo fueron mejorando y al año siguiente le propuse casamiento a la mujer de mis sueños ( quien por cierto dijo que si ).


Onaikul.

viernes, 12 de julio de 2013

La cartera de la dama, el bolsillo del caballero



Era un día primaveral, de esos que hacen que uno se sienta floreciente, acorde al resto de la naturaleza, en apariencia un día igual a cualquier otro, y comenzaba con una elección simple, tomar el colectivo o tomar el subte para ir al trabajo. El colectivo tenía un recorrido agradable y me garantizaba ir sentado, cómodo para leer, pero también tardaba unos minutos más, miré el reloj, no sobraba tiempo y ya había pasado la hora pico, mismo motivo por el que en el subte debería viajar tranquilo.

A veces me detengo a pensar en que cosas en un día son realmente significativas en el contexto de una vida, y me doy cuenta que pueden pasar muchos días, semanas, meses e inclusive años sin que nada trascendente suceda. Me refiero al tipo de cosas que vas a recordar después de muchos años, aquellas que pueden cambiarte el rumbo aunque sea un par de grados; el resto de los sucesos cotidianos considero que simplemente hacen que uno avance en la dirección en la que ya se encuentra. Sin embargo, ese día, en apariencia normal, mi rumbo cambió.

Saco plata del bolsillo, empiezo a contar los billetes y monedas y a hacer cuentas mentalmente mientras hago la cola, llega mi turno y le pido 12 boletos, - en cartoncitos de uno por favor -, - veintisiete con cincuenta - me dice, le doy siete con cincuenta, hago una pausa, le doy otros diez, hago otra pausa mas grande, y el tipo me mira, - que ? - le digo – si ustedes lo hacen, porque yo no? -, - nosotros somos los inventores pibe - me dice; me río, y le doy los otros diez, - siempre pensé que fueron los taxistas – le suelto y me voy para los molinetes.

Le hago una marquita en la esquina con una birome a mi boleto y comienzo mi experimento social, una aplicación sin sentido de lo que llaman ‘La teoría de las ventanas rotas’, que dice que si en un barrio, el frente de una fabrica tiene algunas ventanas rotas, es más probable que alguien arroje una piedra para romper otro vidrio, que si están todos sanos, teoría que aplico el Alcalde Rudy Juliani en Nueva York para imponer el orden en la ciudad comenzando por los pequeños detalles. Paso mi ticket y lo dejo apoyado en el espacio entre molinete y molinete, ahí nomas de donde sale la tarjeta.

El subte es uno de los pocos lugares en donde se pierde por completo el respeto, no importa si hay mujeres, si hay chicos o gente mayor, cuando las puertas se abren todos tratan de entrar primero, es una de esas cosas que uno no quisiese hacer pero si no lo hacés te quedas afuera o simplemente parado.

Hoy tuve suerte, la puerta se abre delante mío y tengo una fracción de segundo para ir a donde quiero sentarme, la gente se acomoda como si fuese agua que entra por las otras puertas. Los asientos en los que menos contacto físico tengo con otras personas sin dudas son los de las puntas, pero también son lo que más probabilidades tienen de que los tenga que ceder si sube alguna viejita, embarazada, o madre con niño en brazo. Y no es que no sea de los que seden los asientos, pero el viaje y el día van a ser largos y quiero ir leyendo. Por suerte hay un asiento en el medio de la fila que tiene un caño vertical para agarrarse y separa un asiento de otro, así que reúne las condiciones de menor contacto humano y menor probabilidad de tener que cederlo. Cuento las ventanas, la misma cantidad de siempre, por algún motivo siento un pequeño alivio, pero por las dudas las vuelvo a contar.

Se cierran las puertas y el subte comienza a andar, hago un breve paneo y me doy cuenta que le daría a casi todas las mujeres que hay en el vagón, me asombra notar que conforme avanza mi edad, más se extienden mis horizontes; recuerdo con ternura a un tío explicarme algo acerca de la belleza de la juventud, cuando me señalaba chicas jóvenes poco agraciadas; ahora lo entiendo, y pienso que es un factor más, de mi cada vez más amplio espectro.

Ni bien arrancamos comienza el shopping ambulante; debo confesar que tengo un cajón, el que va dos por debajo de los cubiertos, repleto de cosas compradas en el subte, linternas a led, a dinamo, tijeras, kit de costura, lapiceras y resaltadores, stickers, revistas de recetas, anotadores y un sinfín de otras cosas imprescindibles: soy una especie de shopaholic del subte, no puedo decir que no, algunos artículos los tengo más de una vez, como la linterna de leds, una para la caja de herramientas, otra para el cajón, otra para el auto y en algunos casos compro para regalar.

Siempre tuve cierta fascinación por los vendedores ambulantes; recuerdo con nostalgia los vendedores ambulantes de los colectivos, en épocas en que los colectiveros todavía cortaban boletos de colores y cobraran al mismo tiempo que manejaban, tenían toda una performance armada, iban de camisa y corbata, y siempre ‘como si esto fuera poco’, y ‘a modo de regalo por tratarse de una verdadera oferta’ seguían sumando artículos ‘para la cartera de la dama, el bolsillo del caballero’ y todo esto ‘por un módica suma’, simplemente geniales.

Ahora se perdió un poco esa magia, pero igual sigo admirándolos, no debe ser fácil pararse ahí por primera vez, supongo que la necesidad los debe haber llevado a eso, y creo que un poco especulan con que todos creamos eso, basta hacer números de la recaudación que hacen entre estación y estación, multiplicarla por ocho horas, por veintidós días para llegar a la conclusión de que los buenos vendedores ganan mas que muchos de nosotros.

En medio de todo esto, me encuentro fantaseando conmigo mismo como vendedor ambulante y me descubro hablando mentalmente con la gente, ahí parado, en medio del pasillo, pienso en que vendería y como lo haría; y caigo en la realidad que mayormente no es el mejor producto lo que mas vende sino como lo venden, si suena muy mecánico el filtro de la gente ni lo escucha, si el vendedor hace alusiones a cosas como drogas o enfermedades al presentarse, o si son niños, la gente puede sentir pena pero no son los que más venden, sin embargo hay unos pocos que logran captar la atención de todos sin importar que ofrezcan.

Se me ocurre algo interesante para ofrecer y empiezo con mi discurso mental, me siento confiado, seguro y así pasan un par de estaciones. Cuando termino con mi performance mental aplaudo para mis adentros, sonrió para mí mismo y me desilusiona el darme cuenta de que eso nunca va a suceder, - por que no? - me pregunto, - primero no tengo la necesidad -, me respondo, - segundo me tiemblan las piernas de solo pensarlo, tercero podría verme algún conocido -, y así una larga lista de argumentos. Pero la idea me provoca, mucho, demasiado diría, al punto que el corazón se me acelera de solo pensar que lo estoy evaluando seriamente, lo pienso unos instantes mas, me sonrió nervioso y me paro, solo me paro y me pongo en medio del largo pasillo, no puedo creer lo que estoy a punto de hacer; siempre me gusto eso de pensar en hacer algo que te de miedo, pero algo así ?, no podía empezar por sostenerle la mirada a la chica que se sienta enfrente hasta que ella la baje primero?, aparentemente no !


El corazón iba a mil por hora, tuve que respirar hondo disimuladamente un par de veces para bajar la frecuencia cardíaca, un par de personas comenzaban a mirar que hacía yo ahí parado en medio del pasillo, la visión se volvió borrosa, los sonidos parecieron atenuarse y lo único que escuchaba eran los latidos de mi corazón. Una vez escuche a un paracaidista de 93 años respondiendo que  tirarse en paracaídas era como besar a una mujer por primera vez, así me sentía yo, al borde del abismo, y sin mas que una amplia sonrisa, simplemente salté.

    –Buenos días, como están ?, espero que bien – al instante pude ver que capté la atención de algunos pocos, – esta vez no les vengo a vender nada – dije, como si alguna otra vez si lo hubiese hecho, - esta vez les voy a dar a cada uno de ustedes un regalo muy especial, que a su vez se lo van a poder regalar a las personas que quieran; a sus compañeros de trabajo, a sus parejas o a sus hijos -, en ese momento podía percibir cabezas que se levantaban de sus celulares y sus libros, - un regalo, que a pesar de regalarlo, van a poder conservar para ustedes mismos – la gente empezaba a sospechar, ya que solo tenía una mochila pequeña en la espalda y nadie te regala nada, ni en el subte ni en ningún lado, pero la curiosidad los podía más, y no tenían a donde ir, - les voy a regalar un cuento -, en ese momento muchas cabezas volvieron a sus celulares, pero otras tantas permanecieron alertas. – Esta historia que les voy a contar es verídica y se le atribuye a Charles Linbergh, el primer hombre que cruzó solo en avión el océano Atlántico, y cuenta que en su viaje, cuando ya se encontraba volando en medio de la inmensidad del océano, sintió un ruido en el avión que provenía de la parte de atrás, un ruido que minutos más tarde pudo identificar como el sonido de una rata royendo la lona del avión. Por un momento su miedo lo paralizó de solo pensar que si se hacia un agujero en el avión no llegaría a destino y se estrellaría en medio del océano, y que si dejaba los comandos para ir a buscar al roedor, también correría la misma suerte. Luego de pensar unos instantes, comenzó a subir lentamente con su avión hasta que el ruido no se escucho más, y termina su relato diciendo ‘cuando las ratas te acosen, vuela más alto, las ratas no soportan la altura’ -.

Las sonrisas fueron instantáneas y algunas personas más audaces hasta aplaudieron, ahí fue que rememoré a los viejos vendedores ambulantes y sentí que tenía que darles algo más – les gustó? – pregunte, y muchos asintieron con sus cabezas, y sin dudarlo continué – si me permiten tengo otro pequeño regalo para darles, y en esta oportunidad se trata de un cuento del Premio Nobel Gabriel García Márquez, y cuenta la historia de un científico que estaba en su laboratorio tratando de resolver los problemas del mundo, y como su hijo no paraba de molestarlo, tomó una revista donde había una imagen de la tierra, la corto en pedacitos, se los dio junto con un rollo de cinta adhesiva y le pidió que vuelva cuando hubiese terminado de arreglar la imagen; confiando en que le llevaría toda la tarde. Tamaña fue su sorpresa cuando al cabo de unos pocos minutos el chico volvió con la figura armada correctamente y al preguntarle el padre como había hecho, este le respondió – papá, yo no se nada acerca del mundo, pero detrás del mundo había un hombre, y al hombre si lo conozco, y me di cuenta que si arreglaba al hombre, arreglaba al mundo – .

Esta vez, las sonrisas fueron aun mayores y casi todos aplaudieron, la reacción de la gente fue automática y empezaron a sacar monedas y billetes para darme, no era mi idea en lo más mínimo, ni siquiera sabía cuál era mi idea, pero sentía que la gente me quería agradecer de alguna manera así que abrí mi mochila y empecé a pasar, saludando uno por uno, no lo podía creer, había sido increíble, me sentí una estrella por unos segundos, pero volví a la realidad, y volvió la timidez, tenía que salir ya de ahí; recorrí todo el vagón y los segundos hasta que llego la próxima estación fueron eternos. Salí del tren aunque no hubiese llegado a mi estación, me senté en un banco unos minutos y después fui a trabajar.

Ese día estuve todo el día repasando en mi cabeza lo que había hecho esa mañana y no podía creerlo, me sentía increíble al respecto, pero no tenía idea que había pasado y como me podía servir eso que había hecho.

Al volver a mi casa ese día, en la estación de subte pase por los molinetes y ahí estaba, mi experimento social había funcionado, ahí estaba mi boleto con su marca rodeado de muchos otros, la gente al ver que ahí ‘se podía dejar el boleto’ había dejado el suyo, la teoría de las ventanas rotas funcionaba, agarre los boletos los tire a la basura y me fui a casa.







Onaikul